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¿QUÉ SABEN LAS MÁQUINAS DE NOSOTROS?

El mejor amigo de Eugenia Kuyda falleció en un accidente de tráfico en 2015.
Gracias a la tecnología ella ha logrado replicar su personalidad en un chatbot y puede mantener conversaciones con él.


¿Qué será de nuestros datos cuando hayamos muerto?

[dropcap size=»5″ text_color=»#000000″ style=»first-style» ]¿[/dropcap]¿Podrán usarse sin nuestro consentimiento?
¿Somos tan fácilmente sustituibles?
Si conseguimos máquinas que puedan replicar nuestra inteligencia y reproducir emociones quizá haya que plantearse otorgarles derechos.
¿Podrán transmitir emociones? ¿Y sentirlas? ¿Cómo?
¿A tiempo completo o sólo en horario laboral? ¿Tarifa por horas o tarifa plana?
¿Tienen más derecho a tener derechos que los animales?
¿Tienen derecho al libre albedrío?
[dropcap size=»5″ text_color=»#000000″ style=»first-style» ]N[/dropcap]No sabemos si las máquinas merecen mayor consideración jurídica que otros seres vivos pero sí que nuestra relación con ellas implica menos obligaciones que la que mantenemos con nuestros congéneres o nuestras mascotas.
Las máquinas de momento no se mean en nuestras alfombras. Y podrían dejar de necesitarnos.
Si la libertad es la posibilidad de elegir entre al menos dos opciones puede que pronto creemos máquinas libres. E igual no estamos preparados para semejante responsabilidad.
El doctor Frankenstein estaba encerrado en su laboratorio intentando crear vida, nosotros estamos encerrados en lo alto de nuestras torres esculpiendo nuestra imagen digital, lanzando nuestra información y vigilando atentamente la de los demás.
¿Hasta qué punto es razonable que las empresas comercien con la información de los usuarios?
¿En qué momento pasamos de rechazar que los gobiernos pudieran saberlo todo de nosotros a poner en bandeja nuestros datos?
Si la I.A. se alimenta de información humana ¿Qué saben las máquinas de nosotros?
Si errar es humano y las máquinas son creación nuestra ¿hasta qué punto son fiables las máquinas?

Bienvenido Mr. Robocop.

[dropcap size=»5″ text_color=»#000000″ style=»first-style» ]E[/dropcap]Están entre nosotros. Neil Harbisson, considerado el primer cyborg de la historia, fundó en 2010 la Fundación Cyborg “para ayudar a aquellos que quieren incorporar tecnología en su cuerpo, defender los derechos de los cyborgs y difundir un movimiento social artístico bajo el nombre del cyborgismo”.
Harbisson padece acromatopsia, enfermedad que solo le permite ver en blanco y negro.
No parece haber nada censurable en recurrir a la tecnología para paliar enfermedades y carencias y aun así subyace en el transhumanismo la promesa de que la tecnología podría concretar y aumentar todas las potencialidades del ser humano.

Convertirnos en Superman.

Creado por Jerry Siegel y Joe Shuster, representaba el anhelo de un ente superior, humanista, que protegiera a los indefensos de la barbarie.
El clima político actual presenta inquietantes similitudes con las sociedades de entre-guerras y nosotros anhelamos convertirnos en seres superiores, con fines posiblemente más individualistas que humanistas.
¿No nos estaremos acercando a la zona cero del progreso donde la tecnología deje de ser un medio y se convierta en un fin en sí misma?
¿En nuestra permanente búsqueda de autonomía debemos relegar toda nuestra autonomía en las máquinas?
¿Si somos autosuficientes no estaremos renunciando a los demás? ¿No es ir contra natura pasar por encima de la evolución y que sea el propio ser humano el que decida cómo debe desarrollarse?
Desde el punto de vista jurídico, ¿Debemos tener derecho a decidir ser ciborgs?
¿Deben tener los ciborgs derecho al matrimonio?
Muchas dudas…


Carlos Boyra


[N. del E] Este texto fue creado hace exactamente dos años. En Mayo de 2018. Su fin fue servir como «menú de hipótesis» para un «encuentro a las 6» de Luz Más Luz Lab en el International Lab de Madrid.
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