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NUEVOS MODOS DE CONSUMO MUSICAL: GÉNESIS Y PERPETUACIÓN EN LA NUEVA ERA DIGITAL

VOCES DE UNA ESTÉTICA PASADA PARA LA CONSTRUCCIÓN FALAZ DEL MITO TECNOLÓGICO

Así como la música no es un lenguaje universal, los mecanismos pragmáticos que hacen posible que la consideremos arte, tampoco. Son procesos definibles que, entre otras cosas, autorizan la universalidad estética de la música, una falacia heredada de una estética pasada, garantizando y justificando la supervivencia y perpetuación de lo que, por suerte o por desgracia, conforma las raíces de lo que hoy en día habita la cultura que nombramos, casi a modo de símbolo, como nuestra cultura, la cultura Occidental; en cualquier justificación estética, no siendo esto una novedad del siglo XXI ni tampoco del XX, hay también, por tanto, una perpetuación de los mecanismos y contextos sociológicos que se nutren de la existencia de ese ambiguo código que se publicita tiene la música.


El atributo de “consumo” (en la música) es un atributo que de facto la cultura abraza. Es este un abrazo consentido pero todavía incómodo o molesto, y quizás forzado, que media y, a veces, con violencia, en las herramientas necesarias que construyen el suelo apropiado para que su dictado sea convertido en el principio activo, parásito o virus, que tenga la capacidad de alojarse en los numerosos y quizás no tan inocentes estigmas vivos de la música.

Marble Machine construída y compuesta por Martin Molin – Video de Hannes Knutsson

Estos estigmas son los que secretamente dictan y, al mismo tiempo, alimentan, al sujeto cultural—es decir, al sujeto que más o menos voluntariamente forma parte de una comunidad que comparte, aunque sea en la heterogeneidad, una comunidad cultural. Será entonces el sujeto “cultural” el que será potencialmente el futuro encargado de propagar los patrones capitalistas que se esconden tras el velo de los atributos estéticos de la música (propagándolos también), que se convierten en la piel o cubierta vulnerable de los procesos sociológicos ocultos u ocultados—“piel” y “vulnerable” porque es a través de la piel que el veneno puede envenenar al resto del cuerpo, pudiendo éste moverse en su envenenamiento.

Nos queremos pegar una tela fina a la piel y el malestar grita por sus muros, y es que cuando no hay piel ni tela, el muro sigue gritando. La música, quizás siempre y nunca, se ha puesto una máscara porque en sí misma está vacía y el miedo al vacío también grita.

El hilo que se tensa corta el tacto y se oye en el aire cuando se agita; también se oye cuando no se puede arrancar de la piel, y es entonces cuando el tacto se hace voz y da voz a la tela y a la piel que en la oquedad que comparten se abrazan y definen, aunque el abrazo contenga la violencia del roce.

El sujeto mismo, consumidor musical, se convierte en el instrumento propicio para posibilitar la manipulación en la relación que se establece entre consumo, estética y tecnología en la música, puesto que se hace instrumento junto con el estigma paralelo del segundo eje de nuestra intersección: el mito tecnológico, la técnica hecha mito. El medio o la herramienta digital reclama a través del consumo musical su falacia deificada, reclama ser el fin en vez del medio.

Plataformas digitales de contenido musical masivo (“masivo” en términos de cantidad, para así también proveer una imagen de credibilidad en la elegibilidad del consumo musical) monopolizan, redistribuyen, censuran y manipulan el acceso y éxito de la música que proveen, bajo el engaño de representar a su época y a su cultura (la cultura digital), así como bajo el engaño del posterior ensalzamiento de la libertad que estas suponen, lo que se convierte en, más que otra cosa, una estrategia publicitaria—se propicia la confusión entre nuevas tecnologías o era digital (como poseedoras del valor socialmente aceptado y generalizado como “avance”), con las propias empresas cuyo mercado (musical) depende y surge a raíz de ellas. Con la misma estrategia publicitaria, se presenta lo que dice representar a la era digital musical, como mediador estético, siendo en realidad una mediación meramente comercial.

Se convierte la era digital en sí misma, como medio, en el nuevo mito y fin (artístico y estético), vendiéndose y consiguiendo hacerse comprar como el atributo indiscutiblemente necesario o necesitado (el mito como autoridad) y “creador” (del estigma musical), para la supervivencia social e individual del sujeto cultural, pretensión perteneciente a la ideología romántica y de nuevo reciclada para la justificación de los medios en sí mismos una vez devaluado el fin.


María del Mar Ocaña Guzmán – Investigadora de la Música

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